Del diagnostico de la muerte en atención primaria:

la muerte “doméstica”.

Muerte aparente e inhumación precoz

 

 

M. R.  Jouvencel

 

 

Un día –el último día- buscamos la soledad y  nos dejamos caer blandamente en los brazos amoroso  de la  Muerte.  No  creais  que  es cruel.  Viene como una enamorada que nos recibe ansiosamente   y   que   nos arrebata para    siempre  a  la  infelicidad.  Sigilosa, mansa  y dulce como  una  novia,  viene  a invitarnos a descansar   en el lecho   de la dicha absoluta y perdurable”

Roberto Novoa Santos

 

 

 

1.       Introducción

 

 

Para el hombre, originariamente polvo y barro, llegará un día en que ha de emprender la marcha hacia lo ignoto. Ya cadáver, será descendido a la paz sepulcral, para que, una vez allí, termine por fundirse y confundirse con aquella tierra a partir de la que fue creado, pues, pese a todo, no  conseguido, no lo conseguirá nunca, liberarse de la sentencia, su sentencia, que lo aboca a su estado material primitivo.

 

 

Afirmar que alguien está muerto irremisiblemente es asunto serio que en ocasiones no es cosa fácil. Cuentan que hubo tiempos pasados en los que al encontrar a un individuo con apariencia de muerto se pedía la comparecencia en el lugar de la autoridad competente. Sólo entonces era cuando esta, utilizando voz grave y potente conminaba al presunto difunto a que se levantase, quizá esperando en algún caso a que se repitiese el milagro de Lázaro, tal como se describe en los Santos Evangelios. Si ante tal exigencia, repetida tres veces, no se obtenía respuesta el yacente era declarado muerto.

 

 

Llegan noticias, con cierta frecuencia, como que los afligidos parientes de los declarados muertos muestran impaciencia por depositar al difunto lo antes posible en la morada que la ha de servir para su descanso eterno. Los que tanta prisa tienen, la mayoría de las veces para ir a ningún sitio,  hasta es posible que logren su propósito con  la colaboración de algún desaprensivo.

 

 

No obstante, una actitud responsable por parte del médico no siempre está exenta de conflicto. Ante la negativa  de certificar la muerte de quien desde hace poco tiempo no se aprecian signos vitales,  es posible que provoque disconformidad de sus allegados, incluso que expresen su malhumor,  diciendo: oiga,  ¿pero qué hacemos con el muerto”. Tampoco es raro  que en estas ocasiones los médicos de urgencia tengan que soportar presiones, impertinencias,  y malos modos del “gestor funerario”.  Y hasta que tenga que responder ante algún que otro requerimiento judicial.

 

 

Testimonios de muerte aparente y hasta de enterramientos en vida los hay, y al parecer múltiples, y fiables,  aunque no es aquí lugar para ofrecer un estudio casuístico. Además, alguno pensaría que la pretensión de estas líneas, huyendo de la seriedad que persiguen, es reproducir relatos espeluznantes que hubieran de servir  de entretenimiento a mentes enfermizas y ociosas que ansían  y codician gustos macabros.

 

 

No se piense sin embargo que tales “equivocaciones”  son  propias de países de bajo nivel de desarrollo, quizá todo lo contrario.  La  cultura del duelo,  permanece más viva en aquellos pueblos y regiones en los que el avance tecnológico e industrial no se ha mostrado en sus efectos negativos, tanto que parientes y amigos acusan de otra forma  el dolor por la desaparición de un ser querido, con otro sentimiento, con otro respeto hacia la muerte.

 

 

 Así, todavía en el año 2002 en Francia tuvo lugar un “dramático error médico ”, en un pequeño pueblo, distante 20 kilómetros de Bordeaux, del que dio testimonio L.B, empleado de una empresa funeraria. “El viernes por la noche LB estaba listo para preparar el cuerpo para la inhumación cuando detectó los signos de vida, al sacarlo del refrigerador donde el cuerpo había pasado cinco horas a temperatura glacial”; “cuando el viernes por la noche abrió la puerta del refrigerador para colocar a un sexagenario en su ataúd, escuchó respirar al muerto, agitarse su caja torácica y su vientre”.  El dado en un principio por muerto, procedía de un establecimiento sanitario: “la enfermera, que vio como su respiración se detenía, llamó al médico del establecimiento, quien constató su fallecimiento”.

 

 

2.       Definiciones

 

En el ordenamiento español, en el Reglamento de Policía Sanitaria Mortuoria, se establece:

 

·   cadáver : “el cuerpo humano durante los cinco años siguientes a la muerte real, que se contarán desde la fecha y hora que figure en  la inscripción de defunción del Registro Civil”.

 

·  clasificación de los cadáveres:

 

-          grupo I: cuando los causas de la defunción representa un riesgo sanitario, tanto para el personal funerario como para la población en general, tales como: carbunco, cólera,  rabia, peste, contaminación con productos radiactivos, .....  y aquellas otras en los que en su momento por razones de salud pública lo estime la autoridad competente.

 

-          grupo II: los de personas fallecidas por cualquier otra causa

       no comtemplada en el grupo I.

 

·   restos  cadavéricos: “lo que queda del cuerpo humano, una vez transcurridos los cinco años siguientes a la muerte real”.

 

·  restos  humanos: “los de entidad suficiente procedentes de abortos, mutilaciones e intervenciones quirúrgicas”.

 

· putrefacción: “proceso de descomposición de la materia orgánica debido a la acción sobre el cadáver y fauna complementaria”.

 

 

3.       El diagnóstico de la muerte como necesidad

 

 

Evidentemente cuando alguien está muerto, está muerto; pero ¿está muerto?. No hay aquí perogrullada ni cuestión baladí. Todo lo contrario. No falta ligereza de conceptos en quienes debieran tener ideas más claras.

 

 

La muerte no es un  fenómeno en el que se pueda marcar una frontera entre “la vida” y la “no vida”; es un proceso progresivo, un fluir en extinción,  que aboca a un punto de “no retorno”, quizá como culminación del impulso tanático que late en la profundidad del ser corpóreo.

 

 

Cabe distinguir entre  la muerte celular, “cese irreversible de los procesos nutritivos del protoplasma” (VERWORN),  muerte tisular,  frente la muerte funcional (cese irreversible de las capacidades vitales de organización e integradoras), citadas en este orden en cuanto a grado de certeza, si bien en su cronología es evidentemente que la función perece antes que lo haga definitivamente el órgano. Y desde esta última perspectiva “la muerte no es propiamente de la célula, sino de la organización del conjunto, es decir del individuo considerado como una unidad coordinada superior” (RÖSSLE, citado por NOVOA).

 

 

En otro extremo, frente a la muerte real, hay que traer a colación  la muerte aparente, hoy integrado bajo el termino de catatonía, y en otro tiempo más conocida como catalepsia, es una  situación en la que aparentemente desaparecen las funciones vitales esenciales (circulatoria, respiratoria, nerviosa), pudiendo suceder en situaciones diversas, por alteraciones del sistema cardiovascular, nervioso, o en casos de asfixia, así como también como estados infecciosos,  tóxicos, a veces inducidos por medicamentos (en este sentido hay que evaluar muy bien los efectos de la morfina en el organismo, “efecto mórfico”, incrementándose el riesgo con  los cambios de turno del personal hospitalario, ....). Consideración particular merecen  los recién  nacidos.

 

 

Obviamente estas situaciones son reversibles. En actuaciones médicas precipitadas puede llevar al grave error de  certificar tal estado clínico como  una defunción.

 

 

 

3.1. La intervención médica

 

El Diagnóstico de la Muerte, con absoluta certeza, conlleva no pocas  veces una enorme dificultad, más aún en las primeras horas. No obstante el requerimiento del médico en este ámbito es relativamente reciente, situándolo en torno a los comienzos del siglo  XIX.  Así  “se apacigua el miedo a la muerte aparente y aparece la figura del médico como fiscalizador, como quien comprueba y diagnostica la muerte” (M. HARTFIEL)[1].

 

(1) Y es que el tanatodiagnóstico  (thnatos, muerte) ha de ser hecho correctamente, minuciosamente, siguiendo al mismo tiempo unos plazos, en atención a las modificaciones que se dan en el organismo por la evolución del estado de vida (bios) al de cadáver (necros), que, salvo casos especiales, han de ser respetados con rigor, al margen de otras formas de entender la muerte, que ahora, por varios motivos,  no van a servir de comentario (así, muerte cerebral).  Este trabajo quiere situarse especialmente en torno a la muerte convencional, la que ocurre en el domicilio del paciente, o muerte “doméstica”.

 

 

La muerte  supone el cese irreversible de las funciones vitales del organismo,  quebrándose definitivamente esa  unidad funcional que es la persona humana. El “Comité para la Definición de la Muerte”, de inspiración cristiana (Grupo de trabajo de la Academia Pontificia de las Ciencias, reunido en la Ciudad del Vaticano en 1989) entiende que  “una persona está muerta cuando ha sufrido una pérdida total e irreversible de la capacidad para integrar y coordinar todas las funciones del cuerpo –físicas y mentales-  en una unidad funcional”.

 

 

Cierto que, recuerda M.A. FUENTES [2] “debe desecharse científica   y filosóficamente como  concepto de muerte la  descomposición del cadáver. Es indudable de que cuando se produce este fenómeno el sujeto está realmente muerto; pero también es cierto que la muerte no consiste  en la descomposición sino en algo anterior, mientras que la descomposición es el punto final de un proceso más o menos largo iniciado con la muerte”.

 

 

 

Pero cierto también, insistiendo en ello,  que la perspectiva de este trabajo es la certificación de la muerte por el médico plasmada mediante signos inequívocos ligados a un diagnóstico de  muerte  de certeza  absoluta. Y es que la trascendencia del hecho no es para exigir menos.

 

 

Genéricamente, un diagnóstico médico reclama un proceso de elaboración mental, fundamentado en un examen de signos clínicos, mediante su observación, constatación, selección, seguido de una interpretación, y siempre buscando cualidades diferenciales que permiten distinguir unos de otros. Un diagnóstico de certeza exige un conocimiento seguro, pleno y evidente acerca de algo, no bastando con el  convencimiento subjetivo, individual.

 

 

Al menos en un primera aproximación, todo  médico ha de plantearse la duda de si  la muerte se ha producido  realmente, .....   En  especial, en los casos correspondientes en sentido estricto de muerte súbita (y no en la concepción extensiva de esta forma de morir), esto es, muerte instantánea y fulminante, y más  todavía de  un sujeto joven, que daba muestras de una excelente salud hasta el momento del óbito, las medidas han de extremarse[3].

 

3.2.  Diagnostico científico de la muerte: signo de muerte no es  prueba de muerte

 

 

En el establecimiento de la muerte, en su aproximación diagnóstica,  habrá que considerar por una parte el cese de las funcionales vitales (respiratoria, circulatoria, cerebral) y por otra la observación de los fenómenos cadavéricos (cambios bioquímicos en el cadáver que cursan con enfriamiento, deshidratación, acidificación, y descomposición).

 

 

La causa inmediata de la muerte,  hay que buscarla dentro de graves perturbaciones del llamado trípode vital (BICHAT), esto es, corazón, aparato respiratorio, sistema nervioso central, al tratarse de sistemas indispensables para el mantenimiento de la vida, siendo el primer órgano que sucumbre, primum moriens, el cerebro (RIBBERT). Y también desde el punto de vista de muerte general se dice que el corazón es el ultimum moriens [4].

 

 

 

Los signos negativos de vida (como ausencia de latidos cardíacos, de movimientos respiratorios) son condición necesaria para la determinación de la muerte, pero no suficiente. “No son más que signos de presunción” (SIMONIN)[5].

 

 

 

 

Los signos positivos de muerte “son más seguros, en relación con la aparición  con la aparición, desgraciadamente tardía, de los fenómenos cadavéricos, efecto irreversible de la muerte tisular, de la muerte biológica o de la muerte definitiva” (SIMONIN)

 

Ni los estudios ni las investigaciones llevadas a cabo  hasta el momento, en especial a partir del siglo XVIII, contabilizando  más ochenta signos de muerte, y sin negar la importancia tanatológica de los  mismos, no equivalen sin embargo a una prueba de certeza absoluta de muerte. “A pesar de todo este gran número de signos que nos permiten afirmar que un sujeto esta muerto, existen  casos de vuelta  a la vida cuando parecía imposible” (REVERTE COMA)[6].

 

 

 

 

La  única prueba de certeza absoluta de muerte es la descomposición cadavérica, la putrefacción, procesos  destructores del cadáver (autolisis), que en condiciones ambientales normales no aparece no antes de las veinticuatro horas (como muy pronto), cuyo exponente inicial suele ser la mancha verde abdominal  (por acción del ácido sulfhídrico por putrefacción de los tejidos, siendo más precoz en la fosa iliaca derecha, por ser en esta localización más abundante la flora microbiana); en general hay que esperar más de treinta y seis horas para su observación, plazo siempre muy ligado a las condiciones del medio ambiente, tanto que la temperatura elevada acelera la putrefacción y, en cambio, el frío la retrasan, a veces en varios días. Así  ROYO relato el caso acaecido en un frío invierno en que se contaron casi setenta horas “sin señales evidentes de descomposición” (sucedió en  Madrid, en noviembre de 1935)[7].

 

 

Además,  hoy día hay que considerar que los tanatorios en la sala destinada a la exposición de cadáveres esta refrigerada, entre cero y cuatro grados, lo que hace que en general tal prueba de certeza  absoluta de muerte se demore más en el tiempo; la situación es todavía mas comprometida toda vez que una vez en el tanatorio no se suele reclamar una verificación técnica de la muerte.

 

Cierto que existen signos de muerte, que orientan hacia el diagnóstico de la misma,  así la rigidez cadavérica, “un excelente signo de muerte a partir de la sexta hora”; en general. “se  inicia entre las tres y seis horas después de la muerte, y desaparece cuando empieza la putrefacción”. (SIMONIN).  No obstante,  puede experimentar variaciones, y así recuerda ROYO-VILANOBA: “por lo general se presenta dos o tres horas después de la muerte, desapareciendo pasadas las doce. Suele comenzar por el cuello y maxilar inferior, ganando rápidamente las extremidades superiores e inferiores, siendo los órganos internos los últimos invadido”; “ciertas condiciones generales, como el calor, el frío, la humedad, la delgadez, la obesidad, etc., como también la edad (recién nacido, niño, joven, adulto, viejo, anciano), los estados patológicos (catalepsia, histeria, etc.) y ciertos estados particulares  del sujeto (fatiga) modifican más o menos las leyes fundamentales a que obedece la rigidez”.  “Tendría un valor absoluto, si no existieran ciertas anomalías relativas a la época de su aparición, que hacen que en ocasiones, bastante a menudo, sea muy tardía”.  En general, “se produce más rápidamente en una atmósfera cálida y puede estar completamente asusente en  climas fríos” [8].

 

 

 

Recuerda el mismo ROYO,  “deberá ser siempre apreciado por el médico, pues si lo es por personas ajenas a la Medicina puede dar lugar a lamentables confusiones y aún a errores irreparables”. Además la rigidez también puede darse  en vida. Deben de evitarse  confusiones como  ciertos casos de muerte instantánea por accidente de tráfico, especialmente en los conductores, cuando la víctima queda en una posición que la fija al volante, fruto de la instauración rápida del espasmo cadavérico que también se da en otras muertes violentas, como por ejemplo en la contracción en posición de defensa en los casos de muerte por arma de fuego.

 

 

Pero en cualquier caso, hay que advertir que la expresión “signo de muerte” no debe llevarse entender que la muerte realmente se ha producido, esto es, a hacerlo sinónima de “prueba de muerte”, toda vez que “prueba” es la “demostración de la realidad de un hecho”. Por lo tanto, el “signo de muerte” no permite afirmar absoluta y rotunda  que la muerte se ha producido.

 

 

Y es que la muerte, muy especialmente  en las primeras horas, en general, ha de fundarse en una presunción científica, por otra parte marcada por exigencias de orden práctico. Muestra de ello es la circular de 1871 que siguió a la Ley de Registro Civil de 1870, circular que venía a paliar el rigor de la Ley. Mandaba esta última que para poder expedir la correspondiente certificación de muerte se advirtiesen “señales inequívocas de descomposición”, esto es pruebas evidentes de muerte. Pero dados los problemas que podrían surgir, la referida circular juzgaba que era suficiente para que el  médico emitiese el certificado de defunción con que “hubiese señales que según ciencia denotaban de  modo inequívoco que necesariamente había de llegar la descomposición cadavérica”(ROYO).

 

 

4.-  Data de la muerte

 

 

Al margen de las exactitudes propias de  fantasías detectivescas, las precisiones por exigencias de guiones cinematográficos o las concreciones que se pudieran dar en la instrucción de algún que otro sumario,  lo cierto el establecer el momento de la muerte (data de la muerte) no es fácil.  El siguiente esquema (VIBERT) es de utilidad, aunque haya de ser tomado con carácter meramente orientativo:

 

 

1.                    Muerte ocurrida entre las seis u ocho horas anteriores: ausencia de funciones vitales, cuerpo caliente, flácido, sin livideces.

 

 

2.                    Muerte entre seis y doce horas:  ausencia  de  absoluta   de

funciones vitales cuerpo tibio, rígido, con livideces        inconsistentes (desaparecen a la presión digital)[9]

 

 

3.                    Muerte entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas:   cuerpo frío, rígido, livideces acusadas (no desaparecen a la presión), no hay signos externos de putrefación.

 

 

4.-     Muerte de más de treinta y seis horas:  la rigidez ha       

          cedido o deja de existir, se constata la mancha verde

          abdominal (signo de certeza).

 

 

 

5.-  Certificación médica de la defunción: régimen jurídico

 

 

Acaecido el fallecimiento de una persona, quiénes están obligados a ello (parientes del difunto, vecinos,  jefe del establecimiento o cabeza de familia de la casa en que se produce, autoridad gubernativa) han de promover la inscripción de aquella, de acuerdo con  la Ley de Registro Civil, haciendo constar el lugar, fecha y hora en que ocurrió.

 

 

Para proceder a la inscripción del fallecimiento es preciso la intervención del médico,  siendo necesario que la certificación médica. Tal certificación ha de hacer constar  señales inequívocas de muerte.

 

 

Certificar equivale a aseverar la verdad de un hecho, por lo que la certificación médica constituye un documento por el cual su autor deja constancia por escrito de la certeza de un hecho del que tiene constancia.

 

 

Por otra parte, la inscripción, dando fe de la muerte de una persona, es lo que permite dar paso a la licencia para el entierro, o cremación, de la persona fallecida. Con carácter general, los cadáveres no podrán ser  inhumados antes de que hayan transcurrido veinticuatro  horas desde el momento en que se tenga por ocurrido el fallecimiento.

 

 

Igualmente,  sólo una vez emitido el correspondiente certificado de defunción se podrá proceder inmediatamente a la conducción del cadáver al domicilio del difunto, tanatorio o lugar autorizado. De esta forma, y en su caso, el cadáver deberá permanecer en el domicilio mortuorio hasta la confirmación de la defunción por el médico.

 

 

Del ordenamiento español, conviene colacionar las siguientes disposiciones:

 

 

· Ley de Registro Civil (8 de junio de 1957, B.O.E. nº 151, de 10 de junio).  Sección III. De las defunciones:

 

Art. 81.  La inscripción hace fe de la muerte de una persona, y de la fecha, hora y lugar en que acontece.

 

 

Art. 82.  La inscripción se practica en virtud de la declaración de quien tenga conocimiento de la muerte. Esta declaración se presentará antes del enterramiento.

 

 

Art. 83.  En tanto no se practique la inscripción no se expedirá la licencia para el entierro, que tendrá lugar transcurridas al menos veinticuatro horas desde el momento de la muerte.

 

Si hubiera indicios de muerte violenta, no se conozca la causa de la muerte o la propia identidad del cadáver,  se suspenderá la licencia hasta que, previa comunicación a la autoridad, y según criterio judicial, lo permita el estado de las diligencias.

 

 

(Conexiones con la Ley de Enjuiciamiento Criminal -arts. 340, 341, 342, 343, 349, 353 y 459- [10].

 

 

 

Art. 84. Deberán promover la inscripción por la declaración correspondiente los parientes del difunto o habitantes de su misma casa, o en su defecto, los vecinos.  Si el fallecimiento ocurre fuera de casa, están obligados los parientes, el jefe del establecimiento o cabeza de familia de la casa en que hubiera ocurrido o la autoridad gubernativa.

 

 

Art. 85. Será necesaria  certificación médica de la existencia de señales inequívocas de muerte para proceder a la inscripción de la defunción.

 

En los casos en que falte certificado médico o éste sea incompleto o contradictorio, o el encargado lo estime necesario,  el médico forense adscrito al Registro Civil o su sustituto emitirá dictamen sobre la causa de la muerte, incluso [11] mediante el examen del cadáver pos sí mismo.

 

 

 

Art. 87.  En tiempo de epidemia, si existe  temor fundado de contagio o cuando concurran otras circunstancias extraordinarias, se tendrán en cuenta las excepciones a los preceptos anteriores prescritas por leyes y reglamentos de sanidad o de las que ordene la Dirección General de los Registros y Notariado[12]

 

 

·  Reglamento del Registro Civil (Decreto 14.11.1958, B.O.E. nº 296, de 11 de diciembre). Capitulo III. Sección Defunciones.

 

Art. 274.  El facultativo que haya asistido al difunto en su última enfermedad o cualquier otro que reconozca el cadáver  enviará inmediatamente al registro parte de defunción en el que, además del nombre, apellidos, carácter y número de colegiación del que lo suscribe, constará que existen señales inequívocas de muerte, su causa, y con la precisión que la inscripción lo requiere, la fecha, la hora y el lugar del fallecimiento, y menciones de identidad del difunto, indicando si es conocido de ciencia propia o acreditada    ....”.

 

Artículo 275.  En los Registros que tuvieran adscrito Médico del Registro Civil comprobará éste, por reconocimiento del cadáver, los términos del parte y suplirá sus omisiones, para lo cual se le dará, como mínimo, cuatro horas.

 

En los que no lo tuvieren, el Encargado, antes de inscribir, exigirá al Médico obligado el parte adecuado, en cuanto lo permita la urgencia de la inscripción y, no obteniéndolo, o siendo contradictorio con la información del declarante, comprobará el hecho por medio del sustituto del Médico del Registro Civil, que ratificará o suplirá el parte exigido.

El Médico del Registro Civil o sustituto más cercano que resida en población situada a más de dos kilómetros podrá excusar su asistencia. La comprobación se hará entonces a elección del Encargado o Juez de Paz, por él mismo, por quien tiene a este respecto los mismos deberes y facultades o delegando, bajo su responsabilidad, en dos personas capaces; el resultado se diligenciará en acta separada.

 

En los Registros Consulares, en defecto de parte adecuado, se acudirá a la comprobación supletoria a que se refiere el párrafo anterior.

 

Cuando las informaciones fueren defectuosas u ofrecieren dudas fundadas, el Encargado, por sí solo o asistido de perito, practicará las comprobaciones oportunas antes de proceder a la inscripción.

 

 

Artículo 380.  El médico forense adscrito al Registro Civil, en los registros en que exista, o el médico forense al que correspondan las funciones relativas al Registro Civil, será sustituido en los casos en que legítimamente proceda por otro que sirva en el mismo Registro, si lo hubiera, por otro médico forense o, en su defecto, por el médico correspondiente de atención primaria de salud o el equivalente en la organización sanitaria.

 

 

La legislación del Registro Civil se complementa con lo dispuesto en el Reglamento de Policía Sanitaria Mortuoria (Decreto 2263/74, de 20.06.74), el cual conserva su vigencia en aquellas comunidades de España a las que todavía no se les haya transferido competencias en esta materia. Dicho reglamento, cuando proceda su aplicación, dispone en su art.  5 que la comprobación de las defunciones y su subsiguiente inscripción se efectuará de acuerdo con lo establecido en las disposiciones legales que regula el Registro Civil.  Y el art. 15 indica que los cadáveres no podrán ser inhumados antes de que hayan pasado veinticuatro horas desde el momento en que se produjo el fallecimiento.

·  Seguridad Social: Real Decreto 63/1995,  Anexo I,  ordinal 5º, de la regulación de la asistencia sanitaria, establece que entre las prestaciones sanitarias del Sistema Nacional de Salud,  y financiadas por la Seguridad Social,  se han de considerar  “la expedición de la documentación o certificación médica del nacimiento, defunción y demás extremos para su inclusión en el  Registro Civil”.

 

 

·   Reglamento Orgánico del Cuerpo de  Médicos Forenses (Real Decreto 296/1996, de 23 de febrero, B.O.E. de 1 de marzo).

 

Art.  3.   Funciones

 

Los médicos forenses tendrán a su cargo las siguientes funciones:

 

a) La emisión de informes y dictámenes médico-legales que les sean solicitados a traves de los Institutos de Medicina Legal por los Juzgados,   .....     Oficinas del Registro Civil, ....

....

 

f)          la emisión de dictamen sobre la causa de la muerte, en los supuestos establecidos en el artículo 85 de la Ley de Registro Civil  ....[13]

 

 

De esta forma, si por un lado se ha de respetar un plazo mínimo de veinticuatro horas para el enterramiento, por otra parte, ha de tenerse muy presente que  la  certificación médica  ha dar de señales inequívocas de muerte  (art. 85 Ley del Registro Civil);

Igualmente,  el art. 274 del Reglamento de Registro Civil cuando se refiere al parte de defunción se remite a “señales inequívocas de muerte”.

 

No obstante se podrá proceder a la inhumación, o cremación, inmediata cuando se den circunstancias sanitarias que así lo hagan aconsejable, como aquellas en las que la causa de la defunción un riesgo sanitario y de salud pública (epidemias, riesgo de contagio, ....).

 

·  Legislación  Penal

 

“Incurre en delito el médico de cabecera que al extender certificación de defunción de una persona consigna a sabiendas y falsamente  que ha fallecido a las cinco de la tarde del día anterior al que ocurrió el suceso”  (St. 07.02.1888).

 

“  ....  y estableció como momento del fallecimiento las cuatro de la tarde del día cinco, es decir, más de seis horas antes del verdadero momento de la defunción, con propósito de que el cadáver pudiera ser inhumado al día siguiente” (Audiencia Provincial de Valencia, septiembre de 1985).

 

 

“Constituye este  delito la extensión de un certificado de defunción haciendo constar hechos que no eran ciertos, como la hora y lugar del fallecimiento, con la finalidad de que dicho documento tuviera acceso al Registro Civil y permitiese llevar a cabo la inhumación sin esperar el transcurso de las 24 horas que establece la Ley” (St. 27.05.1988).

 

 

Estas sentencias se corresponden con lo previsto en el anterior Código Penal, en su art. 339, delito de inhumación precoz:   “el que practicara o hiciere practicar una inhumación contraviniendo lo dispuesto  en las leyes o reglamentos respecto al tiempo, sitio y demás formalidades prescritas para las inhumaciones incurrirá en las penas de arresto mayor y multa”.

 

 

El  actual  Código Penal ya no contempla el ilícito de inhumación precoz. De esta manera, en la actualidad el médico que facilite certificado de defunción faltando a la verdad en cuanto a la fecha y, especialmente en la hora del fallecimiento, a veces por “complacencia” hacia los familiares, como en los casos que ni siquiera se respeta el plazo mínimo de las veinticuatro horas para el enterramiento, contadas desde el momento en que acaece la muerte, incurrirá en un delito de falsedad documental, lo que con carácter general se recoge en el Código Penal en vigor (que en su art. 397 de remite al “facultativo que librare certificado falso”) . Por su parte, el art. 390 CP contempla que “será castigado con las penas de tres a seis años, multa de seis a veinticuatro meses e inhabilitación especial de dos a seis años, la autoridad o funcionario público que, en el ejercicio de sus funciones, cometa falsedad: 1º alterando un documento en alguno de sus elmentos o requisitos de carácter esencial.    ........ 4º faltando a la verdad en la narración de los hechos”.

 

 

 

6.- Propuesta de revisión:  ampliación del  plazo de veinticuatro horas ligado a señales inequívocas de muerte.

 

 

Del desarrollo precedente, resulta que  el legislador, con carácter general, ha dado muestras de preocupación  y precaución por el diagnóstico de la muerte y las posibles inhumaciones en vida, pues cualquier caso el entierro de una persona fallecida no tendrá  lugar antes de transcurridas al menos 24 horas desde el momento de la muerte  (art. 83 Ley R.C). Otra cosa son sus conocimientos científicos.

 

 

El diagnóstico de la muerte ha de ser realizado de  forma rigurosa

por un  facultativo médico, respetando los plazos  indispensables que poder observar los signos correspondientes a la evolución que haya de experimentar el cuerpo que en principio se estima ya sin vida, con el fin de verificar la muerte con absoluta certeza. No acatar el espíritu del ordenamiento jurídico está también previsto  y castigado en la legislación de ámbito criminal, si bien el Código Penal actual no contempla el tipo delictivo de inhumación precoz, como lo hacia el anterior (antiguo art. 339 CP).

 

 

La legislación actual en materia de defunciones,  respecto al enterramiento se apoya en dos aspectos fundamentales: por una parte se establece un plazo mínimo de veinticuatro horas para proceder al entierro,  (“el entierro, que tendrá lugar transcurridas al menos veinticuatro horas desde el momento de la muerte” (art. 83 Ley R. Civil); por otra parte,  se exigen que existan señales inequívocas de muerte para que el médico pueda extender el certificado de defunción  (art. 85 Ley R. Civil  y art. 274 del Reglamento a la Ley R. Civil).

 

 

No obstante, siendo así, el plazo legal de veinticuatro horas, con carácter general,  no parece siempre suficiente. El plazo mínimo de veinticuatro horas técnicamente ha de ser operativo: plazo y señales inequívocas de muerte han de emparejar dentro del orden de un diagnóstico de absoluta certeza.  Revisando otras legislaciones, en especial en países donde son habituales las bajas temperaturas, tal plazo de espera se ve aumentado, fijándose, también en general, 48 horas.

 

 

Y es que las señales inequívocas de muerte no se pueden constatar en gran numero de casos dentro de las veinticuatro horas, si tales señales inequívocas se han de ligar con un diagnostico de certeza de muerte real.

 

 

Los fenómenos cadavéricos  esta muy ligado a las condiciones medioambientales. La conducción prematura  del cadáver a los tanatorios (las salas de exposición del cadáver con refrigeración entre cero y cuatro grados) todavía agrava más el problema, retrasando la aparición de los signos de  muerte de absoluta certeza. EL certificado de defunción es el documento que permite la conducción del cadáver al domicilio del difunto, tanatorio o lugar autorizado. De esta forma, y en su caso, el cadáver deberá permanecer en el domicilio mortuorio hasta la confirmación de la defunción por el médico. O, en su caso, de no ser así, legislar nuevas medidas.

 

 En consecuencia, pensando que las cautelas de la Ley no son suficientes, a título de  lege  ferenda, se propone que:

 

 

·   el plazo legal de veinticuatro horas, contadas desde el momento de la muerte, para proceder a la inhumación,   debe ser ampliado

 

 

·  el diagnóstico correcto y certero,  tanto más cuanto más próxima se presuma que ha ocurrido el fallecimiento,  no debe quedar abandonado en un acto médico único: sería conveniente una certificación provisional, y, pasado un plazo de observación, otra definitiva, bien en documento  único o bien separados, pero siempre operando una y  otra sobre el  cuerpo  presente, y después de una verificación rigurosa por el médico.

 

 

·  la sala de exposición de los tanatorios ha de reunir condiciones y medios para  su utilización al mismo tiempo como “sala de observación del cadáver”, tales que permitan la exploración médica, para verificar la existencia de signos inequívocos de muerte.

 

 

·  la mera  sugerencias para obtener  certificado de defunción de “complacencia” merecen total rechazo; y las infracciones legales en este ámbito  han de  ser castigadas sin paliativos con gran dureza por la Ley.

 

 

© M.R. Jouvencel, octubre/2003

 

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[1] La Construcción social de la  muerte.  www.cucaiba.gba.ar/002.htm

 

[2] FUENTES, M.A., La Muerte: ¿cuándo se produce?.  www.iverargentina.org/Foro

 

[3] En general se entiende como muerte súbita el fallecimiento repentino de una persona que en las veinticuatro horas anteriores al suceso se estimaba que gozaba de un buen estado de salud. El 90% de los casos de muerte súbita son de origen cardíaco, siendo una de las primeras causas de fallecimiento en los países occidentales. Capítulo especial constituye la muerte súbita de los bebés, que suelen tener lugar mayoritariamente en los tres primeros meses de vida, en el curso del sueño. Igualmente, una perentoria llamada de atención precisa  la muerte súbita de los deportistas, dentro de ese marco reprobable, vomitivo, del deporte de elite, marginando cualquier respeto a la persona, cuando los intereses económicos priman pensando en exprimir a esas máquinas humanas hasta su extenuación, para sacarles el máximo rendimiento, para entretener a esas masas, por cierto, en gran número, nada deportivas y mucho menos atléticas.

 

[4] según notas tomadas de Manual de Patología General. NOVOA SANTOS, R., Madrid, 1948.

 

[5] C. SIMONIN.  Medicina Legal y Judicial. Editorial JIMS, Barcelona, 1982.

 

[6] Diagnostico de la muerte.   www.ucm.es/museoafc/

 

[7] ROYO-VILLANOVA Y MORALES,  R.  Estudios  de los procedimientos para  la comprobación de la muerte real. Madrid, 1948. (Magnífica monografía)

 

[8] C. OGILVIE, CC EVANS y cols.   Diagnóstico de la muerte. Salud Rural, nº 3, febrero 2003.

 

[9] las livideces se explican por el acúmulo de la sangre post-morten en las zonas de más declive del cuerpo, por efecto de la gravedad,  y que se manifiestan por su coloración en la piel.

 

[10] la llamada  “autopsia judicial” debería ser regulada  con mayor rigor. Parece difícil que tal ambición se cumpla cuando la misma incluso puede ser encargada al médico titular de los servicios oficiales de sanidad (art. 507 Ley Orgánica de Poder Judicial). Todavía muchos no comprenden que una autopsia es una cirugía mayor. Todavía, también,  no se ha  conocido político alguno que se preocupe por la Medicina Forense, ridiculizada fuera de nuestras fronteras.  En relación con esta crítica puede consultarse La Medicina Forense en España: la de todos los días www.peritajemedicoforense.com

 

[11] el término “incluso”, en opinión propia, debería de buscar otro acomodo, por el riesgo de que la letra de la ley pueda tomarse en sentido extensivo ante situaciones que reclaman seriedad.

 

[12] Cuando existan razones sanitarias que aconsejen la inhumación inmediata de un cadáver incluido en el grupo I, La Jefatura Provincial de Sanidad ordenará que el mismo sea conducido urgentemente al depósito del cementerio de la propia localidad.

 

[13] por lo tanto, cuando al médico no le conste la causa de la muerte, podrá   pues, solicitarse la intervención judicial.